Margarita salió sin protestar. La playa estaba casi vacía; solo un pescador reparaba redes y un perro dormía junto a unas rocas. El cielo empezaba a teñirse de naranja. Caminó hasta donde la arena se volvía más fina y, en un impulso, se dejó caer. Cerró los ojos y escuchó: el romper de las olas, el crujir de las conchas, un silbido lejano que no era del viento. Era una melodía tenue, como si alguien afinara una guitarra bajo el agua.